ENTREVISTA | Santiago Grisolía. ‘Me temo que podamos perder a una generación de científicos españoles’ (El Mundo, 21 de xaneiro de 2013)

Santiago Grisolía tiene enmarcado en su despacho un chiste de Mingote en el que un científico mira atentamente por un microscopio mientras a sus espaldas, dos colegas cuchichean: “Es candidato al premio Nobel; convendría que tuviera un ligue con alguna famosa para que hablaran de él en las revistas”. Para el bioquímico valenciano, que acaba de cumplir 90 años (el pasado Día de Reyes), la frase caricaturiza muy bien las dificultades que han tenido siempre los científicos en España para lograr que su trabajo tenga repercusión y logre el reconocimiento de la sociedad.

Precisamente por eso, hace 25 años, cuando en teoría había alcanzado la edad de jubilación, Grisolía decidió embarcarse en una aventura concebida para promocionar la excelencia de la ciencia española. Ése es el objetivo fundamental de los Premios Rey Jaime I, que cada verano reúnen a un jurado con más de 20 Nobel para reconocer la labor de los mejores investigadores de nuestro país.

El caótico despacho de Grisolía en la Fundación Valenciana de Estudios Avanzados -desbordado de papeles, apuntes y revistas científicas- deja claro que sigue siendo un cerebro hirviendo de ideas y proyectos. El bioquímico cree que vivir es como montar en bicicleta:«Desde que dejas de pedalear, te caes».

Por eso, sigue sin tener intención alguna de jubilarse y procura hacer deporte al menos tres días a la semana. «Ya lo decía don Santiago Ramón y Cajal: o lo ejercitas todo, o deja de funcionar. Si mira a su alrededor, se dará cuenta de que los jubilados suelen morirse antes que las personas que siguen activas. Yo no pienso jubilarme nunca», asegura rodeado de fotografías y libros de su maestro, Severo Ochoa.

Grisolía es el ejemplo clásico de un cerebro español que no tuvo más remedio que fugarse para desarrollar su carrera científica. «Salga usted y búsquese el futuro», le espetó un catedrático de Fisiología después de que obtuviera el premio extraordinario al licenciarse en Medicina en 1944 por la Universidad de Valencia.

Aquel consejo marcó toda su vida, ya que el joven Grisolía logró una beca para trabajar como investigador asociado en la Universidad de Nueva York, donde conoció a Ochoa. Posteriormente fue profesor e investigador en las universidades de Chicago, Wisconsin y finalmente Kansas, donde desarrolló la mayor parte de su labor científica.

Conocido sobre todo por sus hallazgos sobre el ciclo de la urea (el mecanismo que procesa las proteínas que consumimos para que eliminemos su contenido de amoníaco en la orina), su obsesión desde que regresó a España a finales de los años 70 ha sido que la ciencia gane un peso cada vez mayor en nuestro país. Pero últimamente tiene la sensación de que los españoles corremos el riesgo de volver a desengancharnos una vez más del tren del progreso.

¿Cómo ve el estado de salud de la ciencia española? ¿Cuál es su diagnóstico del enfermo y qué tratamiento necesita?

La ciencia en España siempre estuvo mal. Ahí están frases clásicas como el «que inventen ellos» de Unamuno, o las famosas palabras de Laín Entralgo, cuando dijo que España se podía permitir el lujo de exportar científicos e importar futbolistas. En España la ciencia nunca ha tenido una importancia social extraordinaria. En todos los países del mundo, los científicos siempre tienen que luchar para conseguir financiación, pero en España ha sido especialmente difícil. Afortunadamente, hemos tenido casos excepcionales como el de Ramón y Cajal, que supuso una explosión científica. Gracias también al impulso que dio Ochoa y muchas de las personas que se formaron en aquella época, se dio un salto tanto cualitativo como cuantitativo. Después la situación mejoró muchísimo, pero con la crisis todo ha vuelto a empeorar de manera preocupante.

¿Cree que tras los recortes de los últimos tiempos, corremos el riesgo de volver precisamente a los tiempos del «que inventen ellos»?

Desgraciadamente, me temo que esto pueda ocurrir. Pero lo que la sociedad española tiene que hacer es darse cuenta de que la ciencia es un camino muy importante para salir de la crisis económica. Es evidente que los científicos, como todo el mundo, intentan arrimar el ascua a su sardina. Pero en el caso de la ciencia hay que tener mucho cuidado, porque se tarda muchísimo tiempo en volver a empezar y recuperar el terreno perdido una vez que se frenan investigaciones en marcha. Por eso es tan importante apoyar a los jóvenes investigadores.

¿Pero no le parece que ahora mismo los jóvenes cerebros españoles no tienen más remedio que fugarse, como tuvo que hacer usted mismo en su época?

Bueno, los científicos jóvenes deben salir fuera. Eso lo decía mucho Ochoa: hay que salir y conocer otros laboratorios. Es muy importante que los jóvenes salgan, pero luego es fundamental que haya sitio para que vuelvan. Por eso digo que hay que hacer todo lo posible para que los gobiernos se den cuenta de la importancia de crear oportunidades para los jóvenes científicos, y sobre todo de que la universidad española se convierta fundamentalmente en una entidad investigadora.

Usted conoce muy bien las universidades de EEUU. ¿Qué podemos aprender de ellas?

Una cosa que siempre decía Ochoa es que a él, en las universidades americanas, jamás le habían pedido papeles. Sin embargo, si intenta usted traer en España a un científico de mucha categoría, pero que no tiene los títulos oficiales de este país, le dirán que tiene que hacer una oposición. Recuerdo que la primera vez que intenté convencer a colegas españoles de que se invitase a Ochoa a volver aquí, su respuesta fue que tendría que hacer oposiciones. Ese sistema es completamente arcaico.

¿Corremos el riesgo de perder una generación de científicos si no se le pone freno a la nueva oleada de cerebros fugados?

Pues sí, me temo que esto efectivamente pueda suceder. Pero por eso es tan importante que cambiemos el sistema. Sobre todo hay que insistir en la excelencia y acabar con el nepotismo.

Me gustaría repasar con usted algunos de los grandes avances científicos de los últimos años. Empecemos por el genoma humano. ¿Ha cumplido sus expectativas?

Se esperaba muchísimo del genoma humano y quizás inicialmente se habló de manera exagerada de su potencial. Pero no cabe duda de que está dando algunos frutos muy importantes. Sobre todo creo que en poco tiempo va a existir la posibilidad de obtener el análisis genómico de una persona por poco dinero. Así podrán conocerse las tendencias y vulnerabilidades que tiene cada individuo, y desde el punto de vista de la medicina preventiva, esto va a ser un avance importantísimo.

¿Y las células madre? ¿Cree que se exageró su potencial o confía en que finalmente llegarán a la clínica y podrán curar enfermos?

Estoy convencido de que sin duda van a ser curativas. Tenga en cuenta que ya se ha logrado, por ejemplo, una vejiga artificial a partir de células madre, y esto se está consiguiendo con otros tipos de tejidos. Por tanto, yo creo que el sueño de generar órganos para trasplantes obtenidos a partir de células del propio paciente es una posibilidad muy real.

Hablando de cambio climático, ¿cómo ve el debate sobre la energía?

Creo firmemente en las renovables, en el poder del viento y el sol, como están demostrando las innovaciones impulsadas por empresas como Abengoa y Acciona. En cuanto a la nuclear, creo que las centrales que ya existen deben prolongar su vida útil al máximo, pero no soy partidario de que se construyan más. El tsunami de Japón ha vuelto a demostrar sus riesgos, y además sus residuos duran muchísimo tiempo.

Otro asunto que sigue generando polémica son los transgénicos. ¿Cómo ve los recelos que siguen mostrando muchas personas hacia estos productos?

Los transgénicos se pueden comer tranquilamente, son perfectamente comestibles. Yo creo que la gente los rechaza por motivos intuitivos o emocionales, pero no están fundamentadas en un conocimiento real de estos productos. De hecho, todas las pruebas que se han realizado indican claramente que los transgénicos son incluso más seguros que los llamados alimentos naturales, que con frecuencia tienen más riesgo de exposición a bacterias.

¿Y el bosón de Higgs?

Sin duda es uno de los grandes acontecimientos científicos de los últimos tiempos, y espero que le den el premio Nobel a Higgs este año, que ya va siendo hora.

En una entrevista reciente con EL MUNDO, Higgs declaró que a diferencia de lo que mantienen ateos militantes como Richard Dawkins, la ciencia no es necesariamente incompatible con la religión. ¿Qué opina?

Sin duda son compatibles. He conocido a buenos científicos que son creyentes. Yo no soy religioso, pero recibí una educación católica, como cualquier niño en la España que existía cuando yo era pequeño. Y como todos, hice la comunión y me quedaba muy tranquilo tras confesarme. Hoy no creo en nada de esto, pero tampoco puedo asegurar que cuando me esté muriendo, a lo mejor por si acaso diga que sí creo en algo por ahí arriba (risas). En todo caso, hay que reconocer que lo que no se sabe no se sabe. Realmente nadie sabe cómo se creó el mundo.

¿Cómo definiría a un buen científico?

Una persona que no pierda nunca la curiosidad, ni tampoco la esperanza.

¿Cómo le gustaría que le recordaran?

Pues como una persona buena, que ha tenido muchos amigos y que está muy agradecida a ellos.

Y si pudiera elegir su epitafio, ¿cuál sería?

La verdad es que no lo había pensado nunca. En realidad lo que me gustaría es que me quemasen y mezclasen mis cenizas con las de mi mujer.

A noticia en El Mundo


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