Las parejas de científicos sufren para asentarse en un hogar fijo (El Periodico, 22 de noviembre de 2010)

El 20% de los investigadores ven la conciliación como algo «muy problemático»

Muchas mujeres se acaban sacrificando por el éxito profesional de sus compañeros

Lunes, 22 de noviembre del 2010
MICHELE CATANZARO
BARCELONA

Juan María y Paqui pasan los fines de semana de cada mes en cuatro ciudades distintas: Madrid, Badajoz, Sevilla y Granada. Él, químico de 38 años, es de Granada. Ella, bióloga de 29, es de Badajoz. Se conocieron en Madrid, cuando eran doctorandos, y se enamoraron. En el 2008, él se fue a hacer un posdoctorado a Sevilla. «Decidimos vernos cada fin de semana en una de las ciudades», explica él. «Los amigos nos preguntan: ‘¿Dónde te toca este fin de semana?’», dice ella. «Nos divertimos, pero nos gustaría trabajar en la misma ciudad».

Los científicos se enfrentan a dos realidades. Por una parte, es muy habitual la formación de parejas del mismo ramo -según un sondeo realizado en EEUU en el 2008, hasta el 40% de los investigadores siguen este perfil-. Por otra, las largas estancias de investigación en el extranjero son algo consustancial a la profesión. ¿Cómo conciliar todo ello con la pareja? En una reciente encuesta publicada en Nature, el 20% de los investigadores declararon que era «muy problemático». En España, el porcentaje baja al 17% en varones, pero sube al 34% en mujeres. Solo las científicas de Alemania y Francia están más preocupadas.

«Desplazarse para investigar es estimulante, pero se paga con cierta precariedad en las relaciones», dice Benedetta, una italiana que se enamoró de un catalán (ambos físicos) durante su posdoctorado en Barcelona. «La distancia se alivia con Skype [servicio de llamadas por internet] y muchos viajes, pero coincidir cada fin de semana es muy caro», explica Estel, una física catalana cuyo compañero trabaja en Inglaterra.

¿DEJARLO O DEJARSE? / Algunos científicos se enfrentan a una disyuntiva: dejar la investigación o dejar la pareja. «Tras un año y medio con el océano de por medio, decidimos cortar. Era demasiado duro», explica Gessamí, una bioquímica que tuvo una relación con un compañero que trabajaba en Seattle. «Quienes optan por dejar la investigación pueden ver mermada su autorrealización», afirma Ares, botánico de Alcoi afincado en Zúrich. Su novia, Sonia, sigue en Madrid. «Si me hubiera quedado en un centro de jardinería en España, hoy estaría triste», añade.

Algunas instituciones ofrecen servicios de carrera doble (package for two), pero otras miran el asunto como una forma de nepotismo. No hay directrices internacionales. «Hicimos más de 20 entrevistas antes de encontrar los trabajos en San Francisco», explican Jens y Eva, dos biólogos que han trabajado en las mismas ciudades (ahora en Barcelona) desde que comparten su vida.

Las mujeres suelen sufrirlo más. Normalmente, sus compañeros hallan antes plaza estable y ellas tienen que adaptarse. «Si logras trabajo en la misma institución, a menudo te identifican como ‘la pareja de’», explica Eva, que por esta razón -entre otras- siempre ha buscado empleo de manera independiente a su pareja. Tampoco es sencillo formar familia. «Es complicado tener un hijo cuando no sabes ni dónde vas a estar dentro de un año», dice Sonia.

«Todo sería más fácil si en España hubiera una carrera investigadora más estructurada, una serie de escalones que, si cumples, te acaban llevando a a la estabilidad», explica Ares. «Ahora vuelves del extranjero con un currículo estupendo ¡ que no te da ninguna garantía!», añade Sonia. «Al menos, al ser los dos científicos, ambos entendemos el problema», concluye resignado Ares.

La noticia en El Periodico


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